Con la sequía y las temperaturas abrasadoras que azotan poco antes del mediodía en Arizona, Gladys Martínez mal podía hablar cuando pisó suelo estadounidense: «Venimos buscando asilo», dijo con la voz temblorosa y mostrando fotos que afirma son del desfigurado rostro de su hija asesinada.
Debido al llamado Título 42, la medida sanitaria que desde marzo de 2020 permite la expulsión de quienes llegan a la frontera estadounidense sin una visa, tratan de cruzar a través del desierto, desafiando las corrientes de los ríos o saltando el muro, la gran reja que con hasta 9,1 metros de altura serpentea colinas y dunas dividiendo México y Estados Unidos, incluso hasta las rabiosas aguas del Pacífico.
Otros como Gladys intentan entrar por las enormes brechas del muro en Yuma, una pequeña ciudad fronteriza de Arizona.
La brecha existe, afirma un policía local, porque la administración de Joe Biden paralizó las obras antes de instalar un portón para acceder a la represa en la vecina ciudad mexicana de Los Algodones.
La mayoría de los migrantes viene huyendo de la violencia de Centroamérica o de América del Sur. Muchos vuelan a México o Nicaragua, y siguen por tierra, con coyotes o por cuenta propia. Las historias son infinitas, pero una buena parte repite una misma frase: «Es muy sufrido».



